Los dulces comienzos de BEEPURE

En la Semana de la Miel queremos volver a caminar sobre nuestros pasos para recordar de dónde venimos. Una cosa es segura: sin miel no habría BEEPURE.

El de la foto es Matías Rafael, socio fundador de BEEPURE. A los 14 años, allá por 2002, Mati hizo el curso de apicultor con su papá Jorge. Creemos, los que lo conocemos, que le picó una súper abeja en ese entonces.

Mati estaba muy cebado con el mundo de las abejas, a pesar de que descubrirlo le requería madrugar los sábados. Su profe, un tipo innovador, les enseñaba sobre la última novedad: “la miel cremosa”. Aunque ahora cueste creerlo, en 2002, este producto no era para nada común.

Era novedosa, porque a diferencia de la clásica líquida, se batía durante ocho horas para darle una consistencia airosa, firme y suave, ideal para untar. Además ese batido impedía que la miel volviera a cristalizarse (así se dice cuando se solidifica) y permitía que  conservara intactas las propiedades que tiene la miel recién extraída, ya que no se sometía a ningún proceso de calentamiento.

Todavía más fanáticos, Jorge y Matías, se pusieron los trajes y consiguieron unas colmenas para empezar a trabajar este elixir. Los fines de semana eran en Las Flores para laburar.

Ya todos sus amigos sabían que había que rechazar cualquier invitación al campo, porque descansar no era parte del plan. Varios pueden dar testimonio sobre esto.

Jorge Rafael
Después de unos fines de semanas duros y varios amigos frustrados, Matías se traía un tambor de miel de 300 kilos, que se las arreglaba para hacer rodar con un sistema rústico de cajas y palos, y acercarlo al lavadero de su casa, donde él, atenti con este dato, raspaba la miel con una cuchara sopera (rompiendo los cristales) hasta que se volviera cremosa. Un principio no muy romántico, ¿no?

Entre canastos de ropa y frascos, Mati envasaba su miel cremosa -también con cuchara- y la llevaba al colegio para vender y para las vacaciones.


A pesar de que era un trabajo que requería un esfuerzo enorme y el rédito no era lo que había pensado, Matías no se dio por vencido y le cantó: “Quiero re truco” a la miel. Mientras estudiaba Administración de Empresas, en la UBA, él elaboraba todos sus proyectos y trabajos prácticos en torno del negocio de la miel, lo que lo llevó a dar EL paso de comenzar su propia marca: “Ser de Sol”.

Acá la cuestión se volvió un poco más seria: Jorge, su padre, tendría que convertirse en su socio inversor. Era lo mínimo que podía hacer después de llevar a su hijo al curso de apicultura. Mati estaba tipo: “¿Para qué me invitan si saben como me pongo?”.


Con ese primer capital, se remodeló el galpón de Las Flores, invirtieron en “La Porota” (nuestra querida y aún vigente máquina envasadora de miel), en frascos y etiquetas.


La Porota permanecía en Las Flores, donde Martín Urnissa estaba encargado de ponerla a trabajar. Matías volvía los fines de semana con “La Bestia”, una Chevrolet c10 del 75 (sí, había un fetiche por ponerle nombre a las máquinas) cargada de frascos de miel que trataría de vender en ferias, verdulerías y dietéticas del Gran Buenos Aires.


Aunque, conste que en, ya estamos hablando de 2011, no había tantas dietéticas como las hay ahora y estas vendían mucho producto a granel y poco abanico de marcas, ya que las propuestas no abundaban.


Se armó de comodatos, promociones, unos cuantos regalos de atención y ruegos también, para que los locales le tomaran la miel para la venta.


Hacemos un parate en la historia para mencionar a Lucas, de Naturalmente, una verdulería de barrio en Beccar, quien supo ver lo que se traía esta marca o quien probablemente se compadeció ante los suplicios de un joven muy entusiasmado y algo desesperado también.


Pero un solo cliente no bastaba. En 2015 aproximadamente, su amigo Fernando Tiscornia se incorporó como socio para apoyar en las ventas. Pero la cosa no pintaba del todo bien para el negocio.“¿Y ahora quién podrá salvarnos?”, se preguntaban Fernando y Matías.


“Yo, Sebastián Viggiola, diseñador gráfico”.

Sebas trabajó como freelance un tiempo, pero ante la falta de recursos y la imposibilidad de seguir pagándole los honorarios, Matías, lejos de rendirse, invitó a Sobo a asociarse al emprendimiento para darle un nuevo look a la marca.

Necesitaban una imagen que representara calidad, que comunicara el producto como premium, que se destacara en góndola, que fuera una marca para exportación y que, de ahora en más, se llamaría: BEEPURE.

Así asomaron los primeros diseños de BEEPURE – Creamed Honey, Finest Quality  (sip, en inglés porque la idea era exportarla).

Foto: @consujuncosaph

Facherita la nueva marca, eh. Igual, aún así tampoco era sencillo. Suerte que Lucas la seguía bancando y se había sumado José Minnella  -actual socio- como cliente de fierro, porque exportar es un proyecto que aún está pendiente.

Con todo esto, la cosa iba un poco mejor pero BEEPURE aún daba pérdidas de noviembre a marzo, porque la miel es un producto estacional. Llegó el momento en el que hubo que tomar una decisión: jugársela y ampliarse o cerrar definitivamente.

Por suerte, sabemos cuál fue la decisión, y apareció el nuevo jugador: mascabo, otro producto que estaba fuera del mapa en ese entonces y que prometía en el mercado. BEEPURE se presentó con sus productos (mascabo y miel) en Masticar ese 2015, donde se conocieron con Juliana López May.

Esta historia queda para otro día, pero sepan que a fines de 2015 una compra grande de 7000 kg de mascabo, o sea 15000 bolsitas, les salvaron las papas y los arreglos a su nuevo depósito de Munro, que pronto sería planta de elaboración de dulces artesanales en 2017.


En definitiva, fueron años y años de remarla en un pote de miel cremosa… Será que al final los clichés sobre emprendedorismo son reales o que una súper abeja le picó a Mati.

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