Male Ehul: “Mi obra es la voz de mi espíritu”

Aunque pinta y es ilustradora, Magdalena Ehul Ayerza no se define a sí misma como una artista visual. Ella se denomina una artista comunicacional.

Y sí, el camino hasta llegar a ese concepto no fue fácil, pero te aseguro que, con perspectiva, fue un proceso lleno de emociones y simplemente perfecto. ¿Querés conocer el camino que hizo Male hasta encontrar su voz?

Este #MarteDeArtes convocamos a @Male.Ehul a intervenir uno de nuestros frascos. El resultado es alucinante, al final de la nota vas a poder ver un 360º de la obra, pero antes quiero contarte sobre su camino, que es más interesante y enriquecedor todavía.

Soy licenciada en comunicación, me recibí en el 2010 a los 22 años. Terminé y ejercí casi 10 años, pero en el medio sucedieron muchas cosas”. Y cuando dice muchas cosas, se refiere a MUCHAS cosas. Por ejemplo…

“Dos cirugías de ligamento, 600 sesiones de kinesiología y dos años parada.  ¿Y por qué menciono esto? Porque ahí fue mi primer encuentro con el arte”.

 

Frente al obstáculo de estar imposibilitada de trabajar por tener lesionada su mano derecha, Male agarró un pincel, compró un par de acrílicos y bastidores, y se puso a pintar.

“Para mí no hay nada que yo no pueda aprender a hacer, solo que me voy a equivocar mucho hasta que aprenda a hacerlo. Soy un poco kamikaze, no me da miedo arrancar algo de cero”.

En ese momento, se tuvo que instalar en su casa de origen. “Mi madre había recientemente enviudado, se había muerto mi padre hace un año. La situación era de mucho caos”.

“En mi vida siempre fue un poco así, cuando me pasa una me pasan todas. Y estoy preparada para la avalancha de cosas”.

Y si bien la pintura la ayudó a sobrepasar esos momentos difíciles, una vez superada la lesión el arte quedó relegado a un hobby. Tiempo más tarde se anotó en un taller de pintura y más adelante se encontró con la ilustración.

 

“La ilustración tiene esa cuestión de que lo deforme o lo que no es real, está buenísimo. Lo que no es perfecto es perfecto y eso me parece fascinante. Fue como encontrar mi voz”.

Y en 2017, veinte días más tarde de darse cuenta de que tenía que renunciar a su trabajo para dedicarse a su arte, una reducción de personal la dejó patitas en la calle. ¡Chan!

En un principio, esa noticia la recibió como “espectacular”. Y aprovechó los primeros meses para hacer mucho networking en el ámbito del arte, que era completamente nuevo para ella, pero sobre todo para generar mucha obra.

Seis meses más tarde, se encontró con un aprendizaje muy importante: el proceso lleva tiempo. Pero, como decía su abuela, “pasito a pasito se baila el tango”.

 

Eso no la desmotivó y siguió autogestionándose oportunidades para conocer gente y al mismo tiempo darse a conocer. Fue en esa época en la que organizaba muestras colectivas de artistas mujeres que ilustraban mujeres.

Su primera exposición masiva fue recién en 2019, en el Festival Al Dente. Después de eso, todo se fue dando de manera natural y rápidamente.

 

“El 2019 fue un año de muchísima más exposición pero yo ya tenía mi voz. Hoy veo que todo se fue dando muy tímidamente, después de manera orgánica pero muy necesario, hoy el arte me atraviesa y me describe. Si yo no me muero con un pincel en la mano es porque algo hice mal”.

 

Te describís como una artista comunicacional. ¿Qué abarca esa denominación?

 

Por más de que yo cambie la técnica y experimente, el arte va a estar siempre en mi vida. Fue algo que reapareció y tomó fuerza e identidad y está presente, es mi forma de hablar. Por eso soy una artista comunicacional.

Yo renegué mucho con mi profesión de comunicadora, fue un lugar donde no pude expandirme en mi totalidad. En cambio, el arte fue algo que me atravesó, llegó y se expandió, y me expandió a mí.

Con los años fui desglosando esto. Empecé por “soy licenciada en comunicación y juego a ser artista”, seguido de “soy licenciada en comunicación y soy artista”, después “soy artista”, y hoy “soy artista comunicacional”.

La comunicación me atraviesa y la herramienta de comunicación que yo elijo es el arte.

 

Hace poco escribiste: “El cambio es permanente y es lo único que permanece”. ¿Cómo lo ves reflejado eso en tu camino como artista?

A mí me educaron con la idea de que el cambio no es tan bueno. A los 30 años me dije a mí misma: “Yo no soy feliz con lo que hago, ¿qué estoy haciendo?”. Y fue una decisión que tuve que tomar. Intuitivamente las cosas se van dando, siempre estuve buceando hasta que de pronto apareció esta forma de expresarme. Ese fue un cambio al que necesité darle su lugar.

Tiene que ver con dejar de aferrarse. A nivel económico, a mí me costó un montón dejar mi carrera. En otro momento una Male más insegura, sin tener tan claro hacia dónde quería ir, hubiese buscado otro trabajo. Pero yo tomé la decisión, me hice cargo de eso, y finalmente pude hacer que me funcione. Hoy vivo y trabajo del arte.

Tiene que ver con una búsqueda constante, no paré. Para mí, aceptar el cambio es algo que vengo reflexionando hace un tiempo y aceptarlo implica realmente aceptarnos en nuestra totalidad y dejar de vivir con tanta ansiedad. No estar tan ansioso por lo que viene después. El cambio es permanente, aceptar eso como una posibilidad, una posibilidad que te abre muchas puertas más. Habilitar nuevos horizontes y nuevas formas.

El cambio es constante y el arte me lo muestra mucho. Porque veo mi evolución en mis dibujos, los símbolos, los detalles, las paletas de colores, esos son cambios. Hoy pinto y me hallo con la ilustración, la pintura y el muralismo. ¿Y qué si mañana es haciendo trajes o ropa?

Amigarse con el cambio implica aceptarlo y que en algún momento puede cambiar, lo que a vos te gusta hoy puede no gustarte mañana. Y si hoy te gusta, no adelantarse, estar presente.

 

A vos te costó mucho dar ese salto. ¿Qué le dirías a alguien que está a punto de hacerlo o tiene muchas ganas de saltar?

A mí lo que me sirvió es estar convencida realmente de lo que estaba haciendo yo. O de cómo me sentía. Ese sentimiento, darle lugar a esa sensibilidad, mis emociones son mi termómetro. Cuando ejercía la comunicación, siempre me sentí mediocre, y eso que laburaba bien y todo, pero la sensación que me daba era esa. No me diferenciaba.

Con el arte me siento mejor. Hay una valoración interna. La valoración no viene de afuera, sino que es interna y es súper firme. Y desde ese lugar, desde lo que me produce a mí, es que yo me siento convencida: me produce placer, es como una meditación constante porque es un estado de presencia. Y eso no me lo da ninguna otra cosa.

 

Me guío por el goce que a mí me produce hacer lo que hago.

¿Cuál es la relación entre tu obra y tu mundo espiritual?

 

Mi obra es sumamente espiritual. Yo siento que el arte es una necesidad de mi espíritu de manifestarse. Yo soy canal y es la herramienta mediante la cual conecto con ese todo.

Me pasa muchas veces que cuando empiezo a pintar no tengo bocetos, generalmente arranco y es un boceto en sí mismo. Y un poco me sale porque me gusta mucho habilitar ese juego del lienzo en blanco, no saber para dónde ir, y que algo termine saliendo. Eso me parece totalmente mágico.

Hay muchas cosas que me inspiran. Me inspiran mucho las emociones, las alegrías, las sensaciones más de incertidumbre, de búsqueda, todo lo que sea emociones me inspira muchísimo. Y me inspiran a representarlas simbólicamente.

Por eso me parece fascinante cuando de repente las respuestas que me dan en relación a mi obra son las que yo sentí. Me parece un flash haber podido transmitir lo que me pasaba y que la otra persona, que nada sabe de mi mundo y que no me conoce, me diga lo mismo que yo quise manifestar. Justamente por eso es que digo que para mí lo que yo transmito nos pertenece a todos. Y quien lo quiere ver o leer o pueda lo hará.

Me considero una persona sumamente espiritual. Crecí en una familia católica y de mucha fe;  me enseñaron a vivir en la fe. Y eso es algo que se enseña: a creer, a tener fe, tener fe te ayuda mucho a aceptar las cosas como son, más allá de que no sean tan buenas, darle un giro por un lugar de no tanta desesperación. A mí la fe me permite refugiarme en un lugar que sé que es seguro y me da calma.

 

Mi espiritualidad y mi arte están totalmente ligadas y son una. Están fusionadas. Son mi refugio. Mi obra es la representación o la voz de mi espíritu.

Y, además de pintar, ¿qué otras prácticas hacés que te conecten con tu mundo espiritual?

 

Hago yoga. Medito. Contemplo mucho. Trabajo mucho la contemplación que es algo que cuesta muchísimo pero que es algo que me gusta un montón. Consiste en estar presente y contemplar lo que me está pasando. Tratar de que los pensamientos pasen de lado.

Y si te pega el sol, sentir el calor y ver cómo te da en todo el cuerpo, estar consciente de sentir el sol en la cara y cómo te hace cosquillitas. Tiene que ver con lavar los platos, el jabón, la espuma, la grasa y no hacer un check list de las cosas que hiciste en el día o que tenés que hacer. Estoy trabajando mucho el estado de contemplación. Lo llevo a la pintura porque es un estado de contemplación en sí misma.

La pintura fue mi primer ejercicio de mindfullnes para mí: estar absolutamente presente en lo que estaba haciendo y que no me importara nada más.

 

¿Me contás un poco sobre el proceso de intervenir el frasco de BEEPURE? ¿Qué te inspiró a la hora de hacerlo?

Decidí cubrirlo por completo. Tengo una conexión muy grande con las abejas porque se están extinguiendo y al mismo tiempo gracias a ellas tenemos vida porque polinizan.

¡Es algo tan importante y tan diminuto que me vuela la cabeza!

Me mudé a un departamento con un balcón de 3×1,5m (¡re chiquito!) en el cual composto, tengo plantas, hierbas y hasta flores. Ese jardincito fue proyecto de pandemia y el año pasado empecé a ver los resultados. Las flores empezaron a florecer y las abejas empezaron a llegar, ¡y eso que vivo en un tercer piso! ¡Me pareció maravilloso que llegaran hasta donde hay por lo menos una flor para polinizar!

 

¡Son tan diminutas y tan poderosas! Tenía que dibujar sí o sí una abeja. Y después pensé: es solo la abeja. Quise darle el lugar de coronación que realmente merecen.

A su vez, las abejas tienen algo muy lindo que es que trabajan en comunidad. Y cada una en su comunidad tiene un rol y ese rol es sumamente importante y valorado. Yo siento que nosotros como sociedad nos enfocamos muchas veces en nuestro propio ombligo, y nos hemos olvidado de la importancia que tienen nuestros roles en esta sociedad.

Me gustó esa idea de valorarla, de ensalzarla, ponerla en el lugar que merece. Darle la visibilidad y la importancia que realmente tiene. Si no hay abejas, este planeta se hunde. En un frasco de miel, no tengo más que ganas de expresar la importancia de la abeja y de producir miel de una manera respetuosa para las abejas también.

Bueno, tranqui la charla con Male. Todo empezó y terminó con algo tan simple como un frasco de miel pero el proceso fue mágico.

A veces, escuchar el camino de otros puede inspirarnos a nosotros a cambiar el rumbo o a confirmar nuestras decisiones.

Y a vos ¿qué es eso que te atraviesa y te hace expandir? ¿dónde te sentís refugiado? ¿cuándo sentís que estás expresando tu espíritu?

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